El blog de la biblioteca del Colegio Don Quijote

Cuentos 3º A

La Espada Interminable

Había una vez un lobo que cada vez que veía a alguien se lo comía. Por allí, había un caballero llamado Robert. Este hombre llevaba una espada tan larga, tan larga, tan larga, que cuando luchaba su contrincante se apartaba a dos metro y todavía llegaba la espada.

Entonces, un día Robert salió al campo, y después se encontró con el lobo, la batalla estaba reñida pero ganó Robert con éxito.

Los reyes de ese reino tenían una hija preciosa y la casaron con Robert.

Antonio.

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El Caballero Ludovico.

Hace mucho, mucho tiempo ,a principios del siglo XIII, en una pequeña aldea de Tolosa, vivía un niño llamado Ludovico.

Ludovico era un pequeño campesino muy pobre al que le gustaba ser caballero y pasear por los campos de Tolosa. Pero, aunque su sueño de ser caballero nunca se le cumplía, él vivía feliz en su diminuta choza de paja y madera.

Ludovico tenía seis años, era bajito y algo delgado. Sus ojos eran de un color azul verdoso y su cabello corto y marrón brillaba a la luz del sol, su cara era algo ovalada, siempre llevaba una camiseta rota, vieja y deshilachada. El pobre chico, lo único que hacía era arar las tierras, regar, plantar y segar el trigo. También cuidaba de su perro Alan, al que le encantaba ayudar a Ludovico en sus duras tareas.

El día de su cumpleaños, Ludovico se fue a dar un paseo con Alan por el puente, ya que le gustaba ver llegar las barcas cargadas de barriles de vino. Allí se encontró con un caballero malherido que iba a comprarle tela de seda a la reina para que ella pudiera confeccionarse un vestido, pues le encantaba hilar con la rueca, tejer y bordar mientras conversaba con sus damas.

Ludovico se preocupó mucho por él y salió corriendo a socorrerle:

– Señor, ¿se encuentra bien?- Le preguntó Ludovico-.

– Sí, pequeñín. Tan sólo me duele el pie derecho- le contestó el caballero-.

Ludovico miró y remiró las heridas del caballero y no se lo creyó:

-¿Quieres que te ayude?- Le dijo Ludovico-.

-¿Me podrías comprar tela de seda de color rosa y azul?- Le exclamó el caballero, mientras le daba tres doblones de plata-.

Después de haberle comprado lo que le pidió, el niño se lo llevó a su choza para curarle las heridas. Cuando llegaron, su familia cuidó al caballero amablemente, que en dos semanas se curó:

-Ludovico, estoy muy agradecido por todo lo que has hecho por mí. En recompensa, ¿te gustaría ser un caballero y vivir en un castillo?-le susurró el caballero llamado Alonso-.

Ludovico asintió con la cabeza y se despidió de su familia.

En cuanto llegaron, Ludovico se vistió con ropa de paje. El castillo era muy grande, tenía gruesos muros por todas partes, un puente levadizo sobre un profundo foso. El rastrillo que protegía la entrada era de hierro y madera, los soldados hacían guardia en las almenas de las torres. El interior estaba iluminado por velas y antorchas, de las paredes colgaban tapices y en establo había caballos muy fuertes y adiestrados.

Ludovico aprendió a luchar con espada y escudo, limpiaba las armaduras, las armas,  se encargaba de cuidar a los caballos y a los perros de caza, y realizaba todas las tareas que le mandaban los reyes. Se convirtió en uno de sus mejores pajes.

Después de unos años como escudero acompañando al rey en las batallas y cargando con las armas de los caballeros, le regalaron unas espuelas de oro por su valentía y su fiel servicio al señor.

Más tarde, se celebró la ceremonia de Investidura, en una de las salas del  castillo, donde Ludovico se arrodilló ante el rey, que le dio un golpecito en cada hombro con una de sus mejores espadas, diciéndole:

– Te nombro caballero.

Ludovico se frotó los ojos con las manos, pues su sueño se había cumplido. Al día siguiente, todos los que vivían en la Corte Real se levantaron al oír unos gritos, que resonaron por todo el castillo:

– ¡Los moros nos atacan!

-¡Tolosa está en peligro!-gritó Alonso-.

Ludovico pegó un brinco, se bajó de la cama y fue a ver a los reyes:

-¡Rey, Reina! ¿Puedo salir a luchar?-preguntó-.

-Pues claro que sí- asintió la reina-.

En la batalla, se mataban unos a otros y los moros se acercaban cada vez más al  castillo. Entonces, Ludovico les ordenó a los soldados de guardia que levantaran el puente levadizo y bajaran el rastrillo.

Ludovico se lanzó a la batalla y se puso a luchar. Cada vez quedaron menos moros porque morían en la guerra. Al día siguiente, los moros huyeron horrorizados de la batalla porque el ejército de Ludovico les impedía entrar en el castillo y les atacaba con lanzas, espadas y ballestas.

Cuando terminó la batalla, todos los ciudadanos de Tolosa aplaudieron a Ludovico porque fue el que mejor luchó, y, además, se celebró en el castillo el banquete de honor por su victoria.

En el banquete de honor, los reyes y caballeros comieron ricos manjares, como jabalíes asados, y se divirtieron con los malabares de los juglares, las tonterías del bufón y las canciones de los trovadores.

Lucía del Valle Morales. 8 años

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